Estamos a escasos 15 días de comenzar los festejos del tan anunciado Bicentenario de la Independencia de México; y no podemos dejar de lado ni acallar las voces que reclaman que dichos preparativos y festejos son solamente una muestra de desmemoria social, de aceptación de una realidad inexistente o peor aún, una cortina de humo más.

Sin embargo también nos podemos encontrar en el trabajo, universidad o lugares de esparcimiento, gente de todas las edades que opina que dejando de lado los actuales problemas del país, que ¡vaya que son bastantes! Es nuestro deber cívico reconocer que han pasado doscientos años de una libertad que no hemos sabido aprovechar pero que es incoherente decir que no existe.

Formarse una opinión acerca de este tema y por lo tanto adoptar una postura puede resultar demasiado subjetivo, ya que dependerá del cristal con que cada uno de los mexicanos mire los festejos del Bicentenario de la Independencia y más adelante los del Centenario de la Revolución.

Hablando de los comienzos de la Independencia de México, debemos obligadamente remontarnos a aquel grito de independencia llevado a cabo en 1810, el cual simbólicamente remembramos cada año y que fue el comienzo de una nueva era para el país; una era que si bien es cierto costo muchas vidas incluidas las de los libertadores como Hidalgo o Morelos, la lucha se inició por el claro descontento de los Mexicanos por el yugo y la desigualdad constante y aberrante que existía entre conquistadores y conquistados.

Bastó solamente un siglo para que el país ahora libre de la conquista, callera en las viejas prácticas de los antiguos conquistadores: Esclavitud: ésta vez disfrazada, señores feudales controlando el comercio y las vías de comunicación, grandes hacendados rodeados de peones favorecidos por pertenecer a las altas esferas del poder, etc. Nuevamente el pueblo cansado de la desigualdad se suma a una guerra en contra del gobierno en funciones y en base a verdaderas convicciones y liderazgos arrolladores, se logra nuevamente el objetivo: liberar al pueblo de la opresión.

En la actualidad, cien años después de haber pasado el último movimiento armado en nuestro país, nos encontramos nuevamente secuestrados y subyugados por el sistema político mexicano, que en lugar de buscar cada día un mejor país, busca para sus funcionarios un mejor puesto, busca mayores recursos partidistas a cambio de favores empresariales. Nos encontramos secuestrados nuevamente por señores feudales monopolizadores de grandes industrias, convertidas en bienes de primera necesidad.

Nos encontramos un país en el que 50 millones de personas se encuentran viviendo en pobreza extrema, pero contamos con empresarios que figuran entre las listas de los más ricos del mundo.

Viendo las cosas desde esta perspectiva podríamos aventurarnos a decir que no tenemos nada que celebrar como país, que no hemos aprendido a romper el ciclo de los 100 años lo que nos lleva a que aún resolviendo los problemas de desigualdad social, éstos tiendan a regresar en un siglo.

Pero dejando de lado un escenario que solo encuentra dificultades y desigualdades, debemos también darnos cuenta que el país ha avanzado. Probablemente no al ritmo que quisiéramos pero hemos avanzado como sociedad y lo seguiremos haciendo: Con el paso de los años hemos pasado de ser una sociedad puramente machista a entender y respetar la igual de géneros.

Hemos pasado de ser una sociedad “educada” en el catolicismo, a respetar la diversidad de culto. Tanto ha sido así que ahora en la misma oficina de trabajo pueden convivir una persona católica, una cristiana y un creyente de la santa muerte, sin tener que dar mayores explicaciones al respecto.

México conoció la alternancia en el poder en ciudades y estados de diferentes partes del país, incluido el D.F. y en el año 2000 se pudo decir con confianza que había ganado la democracia, que el pueblo había ejercido su poder y había decidido empezar a madurar políticamente hablando.

Hoy en nuestro país cualquier ciudadano puede abrir un blog en internet y criticar al presidente a su partido y sus decisiones sin miedo a ser castigado por el atrevimiento; en otra época una crítica como la que ahora se maneja sería incluso mortal.

Hemos empezado a ser una sociedad crítica, exigente, que influye en los resultados de las elecciones y no deja todo en manos de las estructuras partidistas.

En mi opinión, desde luego que tenemos cosas que festejar y muchas; si bien es cierto que desgraciadamente nos encontramos inmersos en graves problemas sociales como es el crimen organizado o la falta de empleo, también debemos entender que los problemas sociales no desaparecen simplemente con desearlo o con un buen diseño de políticas públicas.

Como sociedad no solo debemos criticar, también debemos proponer, y muy importante, actuar. Para celebrar el hecho de vivir en el México que queremos, hay que empezar a construir ese México y dejar de desearlo. Desde luego que es un reto mayúsculo, pero con la participación de la sociedad, la iniciativa privada y el gobierno se pueden lograr avances impresionantes a comparación de solo criticar y después sentarse a esperar que alguien en el “poder” decida encontrar soluciones.

Estas fiestas patrias, los invito a que las vivamos con orgullo y que sean el motor que detone la participación ciudadana, los conmino a dejar de lado la actitud pasiva basada en la crítica y a adoptar la actitud propositiva basada en el deseo de iniciar la construcción de un México diferente. “El cambio no solo se debe desear, hay que actuar para conseguirlo”

Por último quiero agradecer de forma especial por la invitación para escribir esta columna a mi amigo José Luis Guzmán, un ejemplo para los jóvenes de nuestro país por su motivación e impecable trabajo a favor de un México mejor. De forma que nos estaremos leyendo todos los viernes a partir de hoy.

Mi correo: rafa8702@gmail.com

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