En estos tiempos en los que la mayoría de los sindicatos mexicanos padecen de un alto nivel de desprestigio y son blanco de miles de críticas sociales, vale la pena evaluar algunas de las razones que han llevado a los sindicatos y sus líderes a padecer este importante desgaste social, cuando llegaron, en sus mejores épocas a gozar de reconocimiento social y poder político indiscutible.

Los movimientos obreros tanto a nivel mundial como en México surgieron sin duda por una misma causa: Defender los legítimos derechos de los trabajadores, que frecuentemente vieron y siguen viendo pisoteados sus derechos laborales en aras de un beneficio económico que únicamente se refleja en el bolsillo de las corporaciones y sus dueños.

En sus inicios, los sindicatos fueron concebidos como un mecanismo para la lucha social, que buscara equilibrar las desigualdades económicas entre los obreros y sus patrones, fueron movimientos organizados que lucharon incansablemente por alcanzar logros importantes como la reforma del artículo 123 de nuestra constitución en donde se incluyera la jornada laboral de máximo 8 horas y el domingo como día de descanso obligatorio. De igual manera se logró elevar a un carácter constitucional el derecho a la huelga.

En un principio la misma Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) dentro de sus estatutos, estableció su independencia de los órganos políticos y de gobierno, para salvaguardar y legitimar la lucha obrera sin viciarse por el ambiente político que siempre ha estado plagado de irregularidades. Dentro de sus lineamientos si algún miembro de la CROM se afiliaba a algún partido político era automáticamente dado de baja de la Confederación.

Los delegados de la CROM no estaban equivocados al querer permanecer deslindados de la política, desafortunadamente los cambios en el sistema laboral mexicano podrían haber costado décadas de luchas sociales, decenas de enfrentamientos y posiblemente decenas o cientos de vidas humanas; de esta manera los líderes sindicales mexicanos se dieron cuenta que la cercanía con el gobierno y el manejo de su estructura enfocada al beneficio político a cambio de beneficios laborales aceleraba tremendamente el proceso de lucha… sin embargo el precio fue muy alto.

Se cambiaron prebendas por sumisión política, se cambiaron votos por apoyos económicos y poco a poco los sindicatos fueron fortaleciéndose políticamente hablando hasta alcanzar posiciones clave en el mapa político mexicano: líderes obreros que ocupaban gubernaturas, escaños en el senado, curules en la cámara de diputados, presidencias municipales, secretarías de estado, etc. Pero el poder corrompe, desgasta, envicia a quien no sabe manejarlo y los líderes sindicales pasaron de ser representantes obreros a cómplices políticos, pasaron de ser líderes sociales a burócratas consumados, pasaron de protectores a dictadores y llegaron a ser ellos de los que los obreros debían defenderse.

Y es como hoy nos encontramos con “líderes” como Elba Esther Gordillo, autonombrada presidenta vitalicia del sindicato más grande de Latinoamérica con aproximadamente un millón y medio de afiliados. Afiliados que no tienen manera de preguntar por el destino de sus cuotas sindicales, agremiados que de no acatar las órdenes de la maestra ponen en peligro su puesto y su vida, maestros que siguen trabajando en condiciones precarias, no por culpa del gobierno sino por la intransigencia y obsesión por el poder de su dirigente.

Al menos Elba Esther Gordillo en algún momento aunque fuera corto de su vida fue maestra, porque ya es común encontrarse con dirigentes obreros que en su vida han trabajado, líderes de sectores populares que jamás han pertenecido al sector que dicen representar. ¿Y cómo llegamos a esto? llegamos a este punto, cuando depositamos una confianza ciega en aquellos que se dicen dirigentes pero que en realidad son caciques, llegamos a este punto cuando perdimos la confianza en el poder de la organización y nos dejamos pisar por aquellos a los que les dimos el poder de representarnos.

Los sindicatos mexicanos no son el problema, su lucha es sin duda admirable, incansable y legítima, no en vano las empresas y empresarios tiemblan con la simple idea de que sus empleados se asocien y formen un sindicato o decidan su adhesión a alguno ya existente, el movimiento obrero debe continuar, pero debe continuar de manera organizada, unida con una causa fija, con metas claramente establecidas. Y que sea esa organización la que le de la fuerza para elegir y también para deshacerse de sus representantes cuando éstos dejen de representar al colectivo y se vuelquen a la auto promoción y representación.

En cuando los trabajadores sindicalizados recuerden y recuperen sus bases y su verdadera ideología, no podrá haber dirigente alguno que se atreva a dejar de transparentar sus ingresos, que se atreva a desviar recursos, que se atreva a poner sus intereses por encima de los intereses obreros, no volverá a haber un líder que se atreva a oprimirlos en lugar de defenderlos.

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